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Sábado 2 p.m.

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Las respuestas a este mundo tan loco, y a veces tan condenadamente cuerdo que habitamos, jamás las vas a encontrar en las razones de los hombres, ni en las ideas de las banderas.

Los terremotos van a seguir jugando al ajedrez con las ciudades, las tormentas arruinarán los festivales y yo... yo voy a seguir allí, pensando quién sabe qué.

Pero en algún punto, cuando aún sin comprender la pequeñez de estas hormigas llamadas humanos, te des cuenta que no hay respuestas a todo esto (que tampoco se definir ni comprendo), vas a dejar de hacerte el superhombre, entenderás que el mundo no es más que tu mundo, tu concepción de el, y por fin te dignes a aceptar el golpe bajo.

Y es así como encuentro las respuestas en una tarde de sábado, cuando en vez de estudiar alguna abstracción del Siglo XIX, termino escuchando "La Navidad de Luis", cantada por una negra Sosa más presente que nunca.

Y siento que los tsunamis, genocidios, terremotos, asesinos, revoluciones, jaquemates, flagelos y todos los etcéteras que a esta locura le quepan... pasan en mi mundo tanto como en el otro, ... y con tardes de sábado, con risas, con felicidades cotidianas (acaso hay otras?) puedo hacer que duelan un poco menos.

Se que no es más que una transa, un impune soborno a nuestra insignificancia.

La Docta de la tristeza

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En este país que no vive, en esta ciudad que no sueña, extraño pararme en una esquina y que los semáforos ardan. En cambio se empeñan en guiñarme los ojos, titilantes, intermitentes, nerviosos como el tachero que pone primera antes del verde.

Y extraño mirar hacia el cielo y que los faroles me alumbren, pensantes, recordando la Córdoba luz, la del '18, del '55; la de los dotores y las colegialas. Pero no, ya no sueña, y no deja dormir tampoco.

Cuando llueve me mojo, cuando hela me helo. La 9 de Julio es igual que la San Martín y el patio de mi casa más oscuro que el Chateu un lunes. Y sin embargo te sigo extrañando. Será porque alguna vez te amé, me enamoraste, y creí que jamás dejarías de ser.

Ando por las calles como por las nubes, buscando tu boca, tus manos, tus sueños. Y encuentro algún dejo de melancolía entre los cartones que esconde un container de la Gral. Paz; o en los recuerdos de algún Salzano que se ha cansado de escribirte a ver si despertás.

Pero no hay caso, sigo sin encontrarte, seguís sin encontrarnos. O sin buscarnos. Quizá sea yo el que ha cambiado, quizá espere de vos que seas la excepción a esta regla que se llama Argentina.