Maldito el tiempo si no vuelve y si martilla mi presente con su estrépito pasar.
Maldito el día si muere viejo y ya no encuentro el adjetivo que me lleve a ese lugar.
Malditos miedos que minan mis certezas, maldita causa en tiempos de paz.
Malditos labios sin urgencia de vos, calmos e inertes como rendidos al final de un largo caminar.
Malditos brazos si ya no envuelven, si capitulan ante el hartazgo y la rutina.
Maldita nostalgia si mata sólo por las noches, atrincherada en su cuartel de risas y recuerdos.
Maldita mi voz si cuando canta sólo suena a excusas gastadas, a perdones stándar, a tequieros de ocasión.
Malditas canciones que cada vez hablan más de nosotros, y menos de tí.
Malditos pronósticos que ya no hablan de nosotros, y menos de mí.
Malditas las letras de este teclado agrandado, de esta Internet que nos deja sin humanidad.
Maldito el camino que me lleva a lugares que detesto, a los grises de un extemista in extremis.
Maldita las ganas de escribir sobre este hoy, cuando el vagón de mis virtudes acusa cero en la partida del amor.
Maldita mi boca, tus besos; mis manos, tus dedos; mi muerte, tu vida.
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Insomne IV
Publicado por
marcos blanco
en
19:36
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Etiquetas:
amor,
certezas,
locura,
muerte,
pensamientos.,
tristeza
Besos delincuentes
La autoridad moral de un beso frente a la charla banal y futil es demasiado contundente. Tanto que las palabras deberían armar las valijas. Ser condenadas al exilio del silencio.
Supongamos, sólo supongamos, que hablamos de aviones, o de recetas, o de juzgados; de trenes que no llegan a París, de fantasmas que iluminan los espejos.
Entonces un beso (ahora no supongamos) irrumpe en el aire y sacude tu espacio, te colma, te llena, te invade. No un beso antológico, no el paradigmático beso que detiene el tiempo, sino uno calmo, sin complejos, sin historia. Casi imperceptible, fugaz, delincuente.
Y luego ya no es el beso sino su ausencia. Los incrédulos labios. La mirada atónita en el abismo que me separa de tu boca. Entonces todo es confuso. Malditos aviones, malditas recetas, maldito París.
Y maldita esta boca, más tuya que mía. Ya no de las palabras, ya sólo tuya.
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